¿Amor, energía o fenómeno paranormal?

Hace tiempo que quería compartir este post con vosotros sobre algo increíblemente maravilloso que me pasó hace 3 años. Me consta que no soy la única persona en el mundo a la que le ha pasado algo así y al parecer sólo te ocurre una vez en la vida. Para los que no me conocéis os diré que soy bióloga y trabajo desde hace 25 años en un centro de investigación del CSIC, por lo que cosas así, me chocan aún más. Os cuento.

Hace tres años mis adorables amigas “brujitas” (en sentido cariñoso, claro) me regalaron por mi cumple una sesión de reflexología podal con meditación. Mi cumple fue el 4 de junio y la persona que debía hacérmelo debería haberme llamado el mismo día de mi cumple, pero se debió olvidar. Fui yo la que la llamó al cabo de varias semanas . Una de mis amigas me aconsejó que eligiera un lunes para hacerme la sesión y estar relajada toda la semana, pero mientras concretaba la fecha y hora por teléfono, se me ocurrió que mejor un sábado, para así estar relajada el fin de semana.

Recuerdo que llegué al sitio, Mandala y aparqué en la misma puerta (algo complicado un sábado por la mañana, con el mercado de Pedro Garau muy cerca del sitio). Pensé que empezaba el día con buen pie y eso que aún no sabía lo que estaba por venir.

Nunca antes me habían hecho una reflexología podal ni una meditación guiada. Yo sola si he hecho meditaciones en casa, aunque hacía tiempo que no encontraba momento para hacerlas. La persona que me la hizo se llama Begoña Almazán.

El proceso fue el siguiente: me senté en un sillón muy cómodo, con las piernas elevadas. Begoña apagó la luz y nos quedamos en penumbra, a la luz de las velas. Puso de fondo, muy bajito, una música relajante a base de sonidos de la naturaleza y empezó una meditación guiada mientras tocaba puntos concretos de mis pies. Jamás me había relajado tanto, fue una experiencia inolvidable. Casualmente (yo no creo en las casualidades, pero vaya…) la meditación que Begoña eligió ese día consistió, entre otras cosas en que el mar me acercaba un cofre que yo llenaba con todo aquello que no quería nunca más en mi vida (recuerdo que lo puse a rebosar) y se lo llevaba mar adentro, alejándolo de mi para siempre. Luego yo iba caminando por la orilla del mar y de pronto a lo lejos veo a dos personas que se acercan y resultan ser mis padres. Primero me acerco a mi padre, le abrazo y le digo cuanto le quiero. He de confesar que en ese momento empezaron a caérseme las lágrimas sin ningún control. Recuerdo que pensé que no importaba porque como estábamos en penumbra, Begoña no me podría ver. De pronto ocurrió algo que a punto estuvo de hacerme abrir los ojos, pero estaba tan a gusto que pensé que mejor no, no quería romper el encanto de ese momento mágico. Pensé que ya le preguntaría luego a Begoña. Pero ya no recuerdo más. Debí entrar tan profundamente en la meditación que dejé de ser consciente. Según Begoña la meditación continuó y luego abracé a mi madre. Cuando acabó la meditación tenía todo el cuerpo tan entumecido, que me costó volver a recuperar el movimiento. Jamás había llegado a esos extremos. Entonces Begoña (a la que acababa de conocer ese día) me preguntó si me podía hacer una pregunta muy personal. Le dije que si, que sin problemas. Entonces me preguntó si se me había muerto algún ser muy, muy querido. Le dije que no (tremendo despiste el mío…). Ella insistió: “¿pero seguro que no se te ha muerto ningún ser querido?”. Le dije que como no fuera mi padre, que había muerto hacía veintitantos años… Entonces ella me preguntó: “¿pero es que no te has dado cuenta de lo que ha pasado?”. En ese momento recordé lo que había ocurrido. Le dije que si, que justo mientras abrazaba a mi padre y le decía cuanto le quería una luz súper potente me iluminó el rostro, pero en lugar de ser algo desagradable, fue algo impresionantemente placentero y bonito que me hizo sentir muy bien. Begoña me dijo que ella se quedó impresionada también, que miró detrás suya para ver si alguien había abierto la puerta, pero la puerta estaba cerrada. Miró las velas, que aunque tenían más llama, estaban en un lateral y era imposible que su luz fuera la que caía de esa manera justo encima de mi. ¡Guau!, se me pusieron los pelos de punta y recuerdo que me emocioné y lloré. Sólo hacía unos meses que gracias a una terapia había logrado resolver un conflicto atascado precisamente con él, mi padre. ¡Uf, fué como quitarme un mochilón de encima!

A los dos días de ocurrirme esto, o sea, el lunes, estaba lavándome los dientes con mi marido al lado y recuerdo que de pronto le pregunté: “¿qué día es hoy?”. Me contestó que 28. Entonces le miré perpleja, cómo si acabara de ver a un fantasma y le dije: “¿entonces el sábado era 26?…”

Mi padre falleció de cáncer de linfa el 26 de junio de 1986, cuando yo tenía 24 años (el día de la reflexología hacía 24 años de su muerte). ¿Casualidad? Yo no creo en las casualidades. No recuerdo haberle dado en vida un abrazo así, ni haberle dicho cuánto le quería. Después de esto, veo que nunca es tarde (aunque si podemos hacerlo en vida, mejor, que mejor). Papá, allá donde estés, ya sabes cuánto TE QUIERO.

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Mis amigas “brujitas” sin saberlo me habían hecho el mejor regalo que jamás nadie me podía haber hecho. Tampoco fue casualidad. Gracias, amigas. ¡Os quiero!

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